Una fiera en el jardín

Franklin Graulau, nativo de Coamo, se ha desarrollado utilizando el arte como medio de comunicación y para seducir a las personas que le rodean. Dice que la venta de sus dibujos comenzó a la edad de 5 años en el colegio. “Yo era un casito travieso de pequeño, tenía el control total de todos mis maestros, me adoraban porque yo los sobornaba con mis creaciones; el único problema era que me quedaba tonto…mis sobornos eran para sacar buenas notas… pero apenas estudiaba”, dice el ceramista a carcajadas. Los padres de Graulau estaban preocupados con la conducta de su hijo, pues los dibujos que hacía eran de sus profesores en situaciones violentas: por ejemplo, una de las profesoras con el pelo enredado en una estrella de la feria hasta que un médico les aseguró a sus padres que lo que tenían entre manos era una artista genial y no un asesino en serie.

Su formación comenzó al ganar una beca para asistir a la Escuela de Diseño de Altos de Chavón, en la República Dominicana. Allí se dio cuenta de que la manera en que se enseñaba era distinta, estaban más pendientes de cómo llegaba el artista al punto de creación y no al producto final. La manera en que el estudiante sacaba la nota más alta era por medio de un sistema de defensa: “El maestro colocaba una hilera de proyectos a fin que el resto de los estudiantes pudieran expresar sus opiniones. No había posibilidad de que dos personas alcanzaran la misma nota; cada uno llevaba una puntuación distinta. El profesor hacía preguntas y te dejaba defender tu trabajo.” Para una de las asignaciones, un maestro de pintura le pidió a Franklin que dibujara mil manos en distintas posiciones, con la condición que no se repitieran y que fueran de una persona real. “Hice hasta manos sin dedos, es decir, las manos amputadas de un diabético… Nunca hubo modelo, pero saqué la mejor nota.”

En la muestra Cuentos de barro, Graulau mostró su propuesta basada en cuadrados y rectángulos. En Proyecto urbano pauta una ristra de cubos blancos colocados sobre un fondo del mismo color. Esta obra bidimensional representa lo que sería la topología de un vecindario visto desde el cielo. En Maqueta para tu barrio, las edificaciones también vistas desde arriba están colocadas al azar, en la manera en que los pueblos se desarrollan. Aunque esta placa parezca algo desorganizada, la forma resultante luce más natural y menos forzada. Ambas placas mantienen una conversación silente alusiva al rápido desarrollo de algunos lugares urbanos. La obra es un esquema planificado, encasillando en formas ariscas donde la población se concentra en un lugar no por elección, sino escogido y organizado por otro ente. En contraste, al observar el desarrollo y la colocación de los cubos en la pieza Maqueta para tu barrio, se manifiesta la idea del desarrollo natural, en general. La diferencia entre proyecto y maqueta es la formalidad de uso de las palabras y de como este artista ha querido representar ambas diferencias utilizando la simbología que nosotros reconocemos, pero decodificada en forma de imagen.

Basado en una investigación y búsqueda constantes, las piezas del ceramista comienzan con la creación de un esmalte original. La mayoría de ellas asemejan fluidos corporales y representan largas horas que pasa el ceramista intentando llegar al color que tiene en mente. El artista mantiene un recetario extenso en donde escribe las indicaciones necesarias para crear cada textura y cada tono, las que guarda en forma celosa. Estos esmaltes crean distintos tratamientos que no se limitan a tonos, sino que también, dan lugar a diferentes texturas y efectos visuales. “Hay esmaltes que crean craqueados pequeños y otros grandes, por lo que quemo la obra con el lustre de grieta fina primero y luego añado el de rajas grandes. Es más interesante lograr los colores y las texturas que conseguirlos ya hechos”. Uno de los efectos es asemejar el tejido complejo de las venas dentro de un cuerpo vivo. Aunque la cerámica preparada es fría tanto visual como táctilmente, Graulau logra crear las piezas con un calor interno, dándoles vida. Esta sensación acompaña el movimiento en que en algunas instancias la obra parece que estar a punto de caminar por sí sola.

Su última creación, llamada Jardines ferales, trata de flores en forma invertida lo que hace que los pétalos se conviertan en extremidades. Las creaciones de esta serie vienen a ser como “flores vengativas”, ya que la intención de las mismas se transforma al ser entregadas como regalo. “Si yo te presento una flor, te la entrego con una determinada intención y tú la recibirás posiblemente con otra idea. Si yo te hago daño y me aparezco con la misma planta, ya el significado ha cambiado. En realidad lo que tenemos aquí es una decapitación y esta serie se relaciona con la venganza ejercidas por estas matas.” Su obra es una forma de decodificar las ideas que nos han administrado. La manera en que el ceramista lo explica es con el ejemplo del signo de PARE, en que las palabras sobre el octágono no tienen lectura sino que representan un símbolo que es más fuerte que la letra. Estamos adiestrados a reaccionar de una manera cuando nos presentan una insignia en específico. Las estructuras de Jardines ferales son suaves al tacto y se ven delicadas, pero su personalidad es fuerte al principio, por lo que no vemos la forma de la planta sino que nos fijamos en la dureza del objeto y hasta lo confundimos con un animal. Estas plantas han perdido su color y ahora se balancean sobre lo que parecen de cuatro hasta seis extremidades.

Los Somieres que pertenecen a la serie Colchonetas, son creaciones que asemejan placas fabricadas con cerámica de pared sólidas, esto engaña la percepción del espectador. Si investigamos la pieza con paciencia, de pronto vemos la costura y comenzamos a notar que se trata de una lona que ha recibido un tratamiento que asemeja un material más sólido. Estos somieres son como pequeñas colchas que han sido creadas al unificar pedazos pequeños para hasta formar un organismo mayor. Las piezas se apoderan de la pared y existen por sí solas. Los colores son brillantes, amarillos, azules turquesas y rosas, que sorprenden. Banana Somier (2010) y Waterlillisomier (2010) están ambas fabricadas de lona, pintura acrílica y relleno de fibra poliéster que es dura visualmente pero suave al tacto. Se componen de dieciséis cuadrados donde sobresalen formas que pueden asemejar órganos sexuales. Colchoneta para una noche de insomnio (2010) tiene otra historia que parece no pertenecer a los somieres mencionados anteriormente. Esta sobrecama parece moverse sola, recordándonos noches sin dormir donde damos vueltas en la cama. “Un coleccionista compró una de las piezas y la colocó en su casa. Cuando la obra subió a aquella pared de pronto parecía que todo en la habitación no iba con la misma por lo que ella la llevó de vuelta y me dijo que tenía que hacer cambios en la decoración”. Comenta el artista. La presencia de estas piezas es fuerte, son tan dominantes que silencia otros entes que le rodean.

La inspiración de Franklin comienza cuando nota errores en lugares donde los detalles tienen terminaciones erróneas. Su preocupación sobre ciertos problemas de estética lo ha llevado a hacer creaciones que revelan sus inquietudes como ser humano. Para el artista, las obras deben de ser biográficas, como una especie de decodificación hasta llegar a lo personal. Sus, genialidades son ejecutadas en un material que pensamos frágil, pero Franklin Graulau logra que este medio tenga una fuerza y una vida interna capaces de convertir el material más delicado en un ente feroz.

Franklin Graulau ha expuesto en varias instituciones como el Museo de Arte de Puerto Rico, el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico y en el Museo de Arte e Historia. La obra del ceramista se puede encontrar en colecciones importantes, como la de UBS. Su trayectoria le ha llevado a formar parte de la Trienal Internacional del Tile Cerámico en la República Dominicana que fomenta el uso de la cerámica en la arquitectura.

Por Anna Astor
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