Ya casi suena el timbre

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Dicen que para sentirse pesimista, se tuvo que haber experimentado el optimismo en la forma más lúcida. De acuerdo con la mayoría de las personas que dan su opinión respecto a la política de este País, la lucidez rayó con fuerza porque está en boga eso de que la gente aborrece la política de una forma desmesurada. Ni siquiera con seis candidatos a la gobernación la ciudadanía hace las pases con ella. He ahí cuando me pregunto; si estamos preparados para el cambio o nos queremos quedar como estamos.

De lo que sí estoy seguro es en el incomprensible juego de palabras que utilizan los y las modistas de este País, (con respeto de los que conozco, que son muchos) para definir lo que se han puesto los candidatos para esos eventos de prominencia. Casi siempre quedo afectado por lo que hoy en día es el arte del buen vestir. Y es que precisamente la moda es como la política, enigmática. Echando un vistazo a los debates y entrevistas que han ofrecido los distintos candidatos a la gobernación, noté que cada uno de ellos hacen la diferencia al momento de vestir. El cliché de que somos lo que comemos, en política no va, más bien, en ese ámbito: somos lo que vestimos.

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Por ejemplo, María De Lourdes Santiago, tiene una particularidad que la distingue. Ella es como la maestra que nos acostumbró a que siempre hay que verse impecable, sin importar que se proteste en pleno sol contra mil personas. Es la típica educadora de matemáticas que de un momento a otro cambia los numeritos y en el proceso uno se pierde más que la cantidad de independentistas que nunca llegan a ejercer el voto. Pero antes de todo eso, te engañó descaradamente cuando creíste que por su tono de voz era la maestra de Religión y, terminó siendo la de Historia. De hecho, el tipo de maestra que inesperadamente puede ser la directora del plantel el próximo semestre. Esa directora que saludas por obligación con miedo a ser castigado podando los jardines de toda la escuela. Su pelo corto es indicador de que siempre llegará puntual, es más, ella misma tocará la campana para que los estudiantes entren al salón. Lo más sorprendente de ella es que los viernes la ves parada frente de la biblioteca con una falda hasta las rodillas que te da la confianza de decirle ¨vaya misis¨. Y que ella te conteste con total sutileza; ¨misis Santiago para ti¨.

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Siguiendo la línea de estudiante, David Bernier, llena de confusiones desde el primer día de clases cuando su camisa de botones manga larga doblada hasta los codos, combinada con una creativa corbata roja que pega de lo más bien con el beso que lleva impregnado en su cachete izquierdo hace creer que es el profesor de Biología, cuando en realidad es el de Educación Física. Se le hace imposible a cualquiera ver que aquella percha andante parecida a la de tu padre puede ponerse a hacer ejercicios de estiramiento en la cancha que lleva su nombre. Ese maestro te puede avergonzar cuando se le ocurre ponerse pantalones cortos con las piernas forradas de vellos rojizos que combinan perfecto con el beso que esa vez lleva en el cuello. Es el educador que cuando se pone la chaqueta marrón con pantalón gris brinca-charcos lo imaginas siendo el vicepresidente del consejo de maestros solamente para escuchar su quebrantable voz cuando los titeritos de la escuela no paran de hablar en medio de su discurso matizado por un montón de temas cliché. El que con todo y eso siempre va a ser tu pana.

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Por su parte, Rafael Bernabe, es el maestro que ni se ve ni se siente, pero que distingues desde la guagua escolar al ver toda aquella figura engabanada de pies a cabeza con cuatro maletines que hace pensar que hay visita del departamento de educación en la escuela, cuando en realidad es el maestro que cubre todas las bases. Un preparadísimo profesor con el que puedes hablar temas cotidianos sin necesidad de mentir porque sabes que en cualquier momento te desmentirá sin mesura. Pero lo mejor de todo es que sus anteojos bien acomodados en esa cara acicalada te dará la confianza de relatar que te copiaste en el examen del maestro con el que sabes que él no tranza y que con eso crees que ya pasaste su clase. Todo chévere hasta que llega el día de recoger las notas y él recibe a tus padres con cinco bolígrafos en el bolsillo de la chaqueta y, bien serio dándole la noticia de que reprobaste su clase y que no la puedes volver a tomar con él. Con todo y eso, él no guardará rencor y te saludará todas las veces que te lo encuentres en el pasillo, de hecho, hasta en el baño te saludará con mano y todo. Siempre con gabán de colores claros.

Mientras que Alexandra Lúgaro, es la típica Orientadora de la escuela que se atreve a sustituir a cualquier maestro que se ausente. Ella es capaz de dar las cinco materias básicas, las electivas, las de arte, las de aptitud física y hasta las que aún no se ofrecen en el plantel. Es la impecable señora que en la mañana te saluda con olor a perfume caro y en la tarde te despedirá bañada en sudor, porque también se puso a jugar baloncesto con los estudiantes. Sus cuchucientos ajuares de color uniforme y perfectamente planchados te remontará a la era dorada de las telenovelas boricuas sin necesidad de escucharla hablar. Cuando al fin la escuchas, creerás que también es la directora del plantel. Me da la impresión de que su oficina siempre estará recogida, ella nunca estará en ella. La señora Lúgaro no tendrá problema con doblarse las mangas de su camisa (tipo David Bernier) y ponerse a resolver los problemas de los estudiantes en pleno pasillo. Tiene pinta de que se desinhibe hasta del buen gusto, contar de que se le haga caso a lo que dice.

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El panorama de la escuela cambia cuando llegas a la clase del maestro que por más que esfuerzo que pongas estudiando, reprobarás la materia. Es la clase de nombre extraño que solo se ofrece en esa escuela y, que imparte el maestro Ricardo Rosselló. La que además tiene su propio libro escrito por el mismo maestro. Ese, también es el profe que siempre quieres ver abotonado de arriba hasta abajo, de los que serías capaz de regalarle tu propia sudadera en la carrera del pavo para que su protuberancia velluda no te vaya a desconcentrar. Lo bueno de él es que se deja llevar y hasta se ríe de los chistes mal intencionados en su contra. Con todo y eso, siempre lo verás bien combinado.

Mientras que el Manuel Cidre, es el maestro más temido de todo el plantel. Nadie se atreve faltar a su clase con el miedo de que llegue a tu casa y a toda boca grite el apellido de tu papá para darle todas las quejas acumuladas desde el primer día de clases. Cidre es el educador que lo verás igual incluso cuando sea el maestro de tus hijos, llevará ese eterno gabán que parece lo patentizó para que más nadie lo use. Creará confusiones simplemente por sonreír, pues no sabes si lo hace en buena lid o se burla con descaro.

Los he imaginado a todos y no he parado de reírme. Nunca está demás sacar una carcajada y más en estas semanas en donde la política es la orden del día. Que gane el mejor. Me voy que ya casi suena el timbre. ¿A qué salón iré?

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